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Música, vicisitudes y virtudes del transporte público.

13/06/2015

Te subes a un metro atestado, en la hora punta la amalgama de personas y personajes ofrece un interés inusitado al sufrimiento explícito de respirar a duras penas el aire viciado. Las gotitas de sudor del vecino pueden acabar en tu pañuelo. Miras el reloj inconscientemente y te quedas como estabas, no sabes qué hora es pero intuyes que vas a llegar tarde, no te gusta retrasarte. El uniforme se requeteaplasta cuando una mujer se apoya sin miramientos sobre la mano en que sostienes la bolsa de trabajo. Vas a llegar tarde y mal, el encargado suele ser quisquilloso y hoy no va a ser una excepción, esté quien esté.

Primavera o verano, da igual, es un día extremadamente cálido en Barcelona y el asfalto multiplica el poder calorífico del sol. En el vagón las luces frías parpadean y no hay aire acondicionado, no hay aire. Vas a llegar tarde y te jode. Parece que en esta estación se baja un montón de gente, te alegras hasta que ves que otro montón está dispuesta a subirse aunque sea a codazos. Hora punta, todo el mundo teme llegar tarde a un trabajo con un jefe que no entiende las vicisitudes del transporte público. Las puertas del vagón están a punto de cerrarse, el pitido de aviso ya ha sonado, pero salida de la nada aparece una chavala que frena las puertas con el brazo tatuado y se hace sitio antes de permitir que se cierren del todo. Lleva unos auriculares verdes puestos. El barullo del vagón remite cuando este arranca y los cuerpos se acomodan. Entonces, a través del silencio incómodo de algunos pasajeros las ondas que salen de los auriculares se filtran como saltamontes y a golpes te empieza a llegar una melodía. Tardas dos segundos en relajarte, ya no puedes dejar de escuchar las notas interrumpidas que llegan a través del vagón. El poder de la música.

Con una sonrisa inevitable te bajas en la siguiente estación. Llegas tarde, pero ya no corres. Caminas a buen paso pero sin dejar que ningún encargado marque tu ritmo. De repente te descubres tarareando la canción de la chavala, ni siquiera recuerdas que los cascos eran de color verde, solo un compás. 

Llegas efectivamente tarde pero de alguna manera tu tranquilidad invade al resto de personas, solo un poquito, pero lo hace. En general se respira tensión, afuera la prensa se apelotona y hay montado un gran photocall con alfombra roja. Lo ves cuando te asomas por la puerta principal del teatro-cine. A ti te da igual todo porque sigues tarareando esa canción. Te estás acabando de vestir cuando te das cuenta de que te has olvidado el calzado negro y solo tienes las deportivas que llevas puestas, son bastante oscuras así que tarareas y te despreocupas. Cuando el encargado os distribuye te escoge para estar en la puerta, este te tiene en estima, pero el jefazo al que nunca antes habías visto está hoy por ahí y alguien te dice que no le molan tus deportivas. Acabas “relegada” al gallinero, acomodando a quienes han sido premiados con entradas para el estreno en un programa de radio. La canción te sigue haciendo sonreír, es un poco como si flotases en esa realidad estresante y simplemente te dejases llevar por el fluir de los acontecimientos. Desde ahí arriba ves todo el chiringuito que se ha montado en la sala y, como si lo siguieses en un plano secuencia, te regodeas en la naturalidad de los movimientos de los protagonistas, actor, actriz, director… en tu propia secuencia !! 

La gente se ha acomodado prácticamente sola, le has echado un cable puntual a algún despistado y no has dejado de tararear la que ahora es la banda sonora de tu película. Palabras de presentación y de agradecimiento, aplausos, seudo emotivos homenajes al Jocker fallecido y más aplausos. Se apagan las luces.

El último segundo de tu tarareo encadena con la música de la película. Hay un asiento libre en una esquina y tú te olvidas de que estás trabajando, la música te ha llevado al cine. Solo un par de segundos en el vagón del metro han cambiado tu día. Ahora solo un par de horas cambiarán de alguna manera tu semana. El Batman de Christopher Nolan. Y por la noche, cuando llegues a casa, sabes que te espera “La manzana” de Samira Makhmalbaf, te la has bajado y huele a fresca aunque se haya estrenado hace seis años. 

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