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A los pequeños festivales de cine

18/02/2015

Una de las cosas bonitas de la tecnología es que posibilita la democratización de muchos procesos que, en el ámbito de lo cultural, suponen libertad en muchos sentidos y no solo para los creadores sino también para el público, los consumidores al fin y al cabo. Al igual que cada vez que compramos, decidiendo si hacerlo en una grande superficie o en el pequeño comercio, estamos llevando a cabo un acto político, también cuando consumimos obras culturales lo hacemos. A ello apelan sin pudor grandes distribuidoras y lobbies apoyados por gobiernos cuando reivindican la necesidad de pagar por todo aquello que escuchamos, vemos o leemos (o si tenemos en cuenta esas cargas fiscales sobre elementos de grabación, también por todo aquello que nosotros mismos producimos)… Pero olvidan, en su discurso, comunicar que esas mismas herramientas que emplean para pedir y recaudar son las que obvian cuando de dar se trata. Y no hablo de buenos samaritanos ni obras de caridad, términos por los que no siento especial predilección, sino de administradores públicos (públicos de verdad) o empresarios honrados. El negocio de la distribución cinematográfica no dista mucho de cualquier otro tipo de distribución, las triquiñuelas, el chantaje y la codicia son similares, el negocio es lo que cuenta. Este sistema se ha llevado por delante a grandes directores, interesantérrimas películas dejadas intencionadamente fuera de la rueda de exhibición e importantes temas sociales que no han podido afrontar las barreras impuestas por la industria.

Ahora bien, no hay una sino muchas Resistencias. Las alternativas de consumo se han multiplicado en los últimos años paralelamente, claro, a las de distribución y exhibición. Directores moviéndose por la geografía en una furgoneta cargada con proyector y equipo de sonido (y lo más importante, su película!!), campañas de mecenazgo para sacar adelante producciones que la industria o los ministerios culturales desestiman (con sonados ejemplos de éxito de público/taquilla), pequeños festivales de cine que se hacen grandes en todos los sentidos, etc…

 

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“Hableas hailas” decimos por aquí, en cada esquina una alternativa. La que hoy me ocupa es la de los pequeños festivales de cine, un lujo para quienes disfrutamos viendo propuestas más allá de las que eligen por nosotros. Una pequeña rebelión cultural que se multiplica en núcleos rurales, calles urbanas o espacios autogestionados, entre amigos o deconocidos pero siempre como ejercicio democrático y de libertad. Personalmente me siento muy agradecida, como creadora pero sobre todo como público, que es como realmente participo de estos lugares de encuentro. Agradecida por las posibilidades que nos brindan de “consumir” fuera de la rueda propuesta desde esferas que no me son demasiado simpáticas, por el curro que se hace (casi siempre “por amor al arte”) y por las posibilidades creativas que se nos brindan. Aunque, por razones diversas, no soy muy dada a participar en festivales, sí que procuro hacerlo de vez en cuando, que para algo hago las cosas y el compartirlas es de las más básicas. Y aquí encuentro por momentos incongruencias que procuro o bien no pensar demasiado o bien solventar (la segunda suele ser la mejor de las opciones, pero las fuerzas/ganas no siempre llegan)

Una de esas cosas que me rondan últimamente la cabeza afecta al sistema de recepción de obras que han adoptado en el último lustro prácticamente todos los festivales de cine, también los pequeños festivales. Las plataformas online son a día de hoy la base sobre la que se construyen muchas y muy interesantes propuestas de exhibición. Para quienes no estén al tanto diré que se trata de plataformas a las que los creadores suben sus vídeos y desde las cuales, previo pago del que luego hablaremos, se envían a los festivales en los que se esté interesado en participar (y que comunicarán a través de este sistema si la obra ha sido o no elegida para su participación/exhibición) El sistema en realidad está muy bien, es muy cómodo para quien envía y quien recibe, ha posibilitado que se reciban piezas desde cualquier lugar del mundo y que creadores de todo tipo sepan de esas miles de pequeñas alternativas para mostrar sus trabajos. Un lujo, un ejemplo de las posibilidades que la red nos ofrece y de las capacidades que podemos desarrollar cuando nos apoyamos frente a la maquinaria destructiva que tan a menudo acecha.

Tengamos en cuenta sin embargo que todo es mejorable, que no hay camino acabado sino en contínua construcción. Para mí uno de los pasos que podrían permitir ir más allá concierne al método de pago (o al pago mismo) Personalmente hago de vez en cuando piezas audiovisuales, a veces para formar parte de una exposición multidisciplinar, a veces solo porque quiero hacerlas y compartirlas en mi canal de vimeo, a veces… A veces como he dicho antes procuro participar en algún festival. Este año he enviado dos cortos a través de una plataforma online. Método rápido, sencillo y casi indoloro, perfecto. Con una sola pega, además de pagar la tasa de participación al festival (en mi caso son pequeñas cantidades, por el tipo de festivales en los que puedo y me gusta participar y porque me corto de gastar pasta que no tengo en un envío que difícilmente me va a suponer ingreso económico alguno) hay otro cargo irrenunciable. No se trata de la cantidad sino del significado. Al final estoy pagando por participar con mi obra en un pequeño festival organizado sin ánimo de lucro, a una parte de esos grandes lobbies financieros que controlan la distribución cinematográfica contra la que quiero luchar. Paypal es, en este caso, quien recibe un 20% del total que yo pago. Paypal que, este año, se independiza de EBay, por motivos financieros, y que es una de esas empresas que mueven hilos, ahí lo dejo que sino me enrollo mucho.

En fin, que al final me encuentro que el sistema es ahora mucho más sencillo, que hemos democratizado un poquito más este mundo de la distribución/exhibición pero que, como creadora/participante se han incrementado mis gastos en todos los sentidos. El pago de tasa por participar en un festival pequeño no era algo habitual hace unos años, hay todavía algunos que buscan otros métodos de trabajo o financiación… pero muy pocos que se libren de aportar una parte de sus pequeños ingresos a una macro empresa como Paypal que, grano a grano, sigue siendo una de las más importantes del mundo. Por eso lanzo la idea. Y la idea no es mía, hay festivales que mantienen los métodos “tradicionales” de envío (correo postal y sin pago de tasas), otros que dejan ambas posibilidades abiertas y algunos más específicos, como aquellos en los que el propio público crea las obras a ser proyectadas o en los que se invita a los directores a llevar su obra debajo del brazo, como si fuera el pan. En todos estos últimos el placer es ya infinito, la participación casi obligatoria. A grabar malditos, a grabar. 

 

 

 

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